lunes, 30 de enero de 2012

A LA MEMORIA DE JOSÉ BERNAL ULECIA

  


       Un documental de animación 30 años en la oscuridad, de Manuel H. Martín, en el que se cuenta la historia del topo de Mijas, ex alcalde republicano que vivió escondido en su casa durante treinta años por temor a ser fusilado por los franquistas, es candidato este año al Goya como mejor documental. 
      Esta noticia me ha recordado a nuestro paisano José Bernal Ulecia que durante muchos años también vivió escondido en su casa hasta que no tuvo más remedio que exiliarse a la Argentina. Inspirándose en sus vivencias, el escritor granadino Francisco Ayala escribió La vida por la opinión que, en estos momentos de recuperación de nuestra memoria histórica, conviene leer o releer y no olvidar ni perder de vista. Un relato sobre el que escribí un artículo en enero de 2005 en la ya desaparecida revista literaria local La Espada Flamígera.
                 
                   DOS TOPOS PARA UN RELATO  

                         

    Afortunadamente, después de tantos años de amnesia y de silencio, nuestro conocimiento de la guerra civil y de todo lo aconteció antes y después del levantamiento militar, es cada  vez más profundo y completo. Y es bueno que así sea porque sin el conocimiento y la asunción de este capítulo fundamental de la historia de nuestro país nunca podremos entender de dónde venimos, lo que somos, ni hacia dónde vamos.

   
     Con tal objetivo, tanto la Asociación por la Recuperación de la Memoria Histórica como otros muchos colectivos ciudadanos de pueblos y ciudades de España están llevando a cabo una ingente e importante labor en la que no sólo colaboran algunos ayuntamientos y entidades, sino familiares de las propias víctimas que ayudan a recuperar los restos de quienes fueron asesinados, fusilados o masacrados en fosas comunes, en cunetas o contra las paredes de los cementerios. 
   
    Asimismo, por toda la geografía española se están llevando a cabo investigaciones, basadas en fuentes documentales, en historias de vida o en testimonios directos, en las que tanto historiadores como literatos y cineastas parecen haber encontrado un filón inagotable. De manera que no es nada raro que un acontecimiento relevante o una anécdota significativa se convierta enseguida en novela y ésta en película. Es el caso, por ejemplo, de la novela de Javier Cercas Soldados de Salamina, llevada posteriormente a la gran pantalla por David Trueba y basada en un hecho real, ocurrido al escritor falangista Rafael Sánchez Mazas, padre de Rafael Sánchez Ferlosio, autor de El Jarama y de Alfanhuí, y recientemente premiado con el Miguel de Cervantes.
     
   Sin embargo, este tema no parece que atraiga demasiado a nuestros literatos locales, aunque no sé si por desconocimiento o porque no les apetece o no les motiva lo suficiente. Lo cierto y verdad es que, salvo algunas referencias más o menos veladas en algunos poemas de Alberto García Ulecia o alguna que otra vinculación directa como la realizada por José María Carrillo en el número anterior de esta revista en el poema “Puerto de las Cruces”, en pocas ocasiones se toca este tema en nuestros textos literarios. Parece que por aquí los guerreros de la memoria andan todavía como sonámbulos, mientras los centinelas del olvido trabajan a destajo para que nadie recuerde nada.
      
    Y en cuanto a estudios e investigaciones pues parece que ocurre otro tanto de lo mismo. Si exceptuamos algunos encuentros, seminarios y jornadas organizadas por algunos historiadores y estudiosos locales con la colaboración o el patrocinio de la Biblioteca Municipal, de la Fundación Fernando Villalón o de la revista Mauror, poco o casi nada se ha investigado o estudiado todavía al respecto.

    Tampoco el panorama parece mucho más halagüeño en lo que se refiere a publicaciones pues, según mis informaciones, se reducen a las actas de algunas de esas jornadas y seminarios, y a los dos números que Mauror dedicó hace ya un par de años a la guerra civil y a la segunda República. Unas publicaciones, dignas de todo apoyo y elogio, dadas además las dificultades de todo tipo y los escasos medios con los que cuentan, pero tan escasamente difundidas, debatidas y comentadas que apenas si logran mejorar un ápice la paupérrima percepción, la escasa comprensión y el deficiente conocimiento que tenemos de nuestra historia más reciente y cercana. Y la mejor prueba de ello, es que ni tan siquiera, aunque sea de manera simbólica, logran crear un estado de opinión favorable entre ciudadanos y responsables municipales para cambiar el nomenclátor de nuestras calles y plazas, repleto aún de nombres de infausto recuerdo del bando de los vencedores. Aunque, por otra parte, curiosamente, el único monumento que se ha levantado en nuestra ciudad ha sido erigido, precisamente, en memoria de un alcalde franquista.

    Pero, a pesar de todas sus limitaciones y dificultades, son a estas publicaciones locales a las que les debo lo poco que aún conozco de ese doloroso y trágico período de nuestra historia. Gracias a la lectura de Mauror, por ejemplo, hoy conozco bastante mejor a algunos de sus principales protagonistas. Entre ellos, a José Bernal Ulecia, tío materno de Alberto García Ulecia,  a quien éste le dedicó el poema El viejo mapa: “A José Bernal, profesor de Geografía y Hombría (académicamente, de Geografía Humana)”, y al que, sin lugar a dudas, se refería en aquella Crónica de adolescencia del poemario Cicatrices (1976):

Él, desde América, en sus cartas
                        brillantes y calientes, te empujaba
                        hacia la biblioteca…
                        Tú no sobes     
                        las butacas burguesas, digestónicas.
                        Lee. Medita. Estudia. Mucho
  
      Y así también supe, leyendo la breve biografía que de él esbozaba la revista, que José Bernal Ulecia había nacido en nuestra ciudad en diciembre de 1909 y que era hijo del sombrerero Bartolomé Bernal Licera y de Elena Ulecia Castillo. Y que, por tanto, había vivido en nuestro pueblo hasta que en 1927 se trasladó a Sevilla para estudiar Filosofía y Letras y especializarse en Historia, lo que le permitió dar clases en varios centros de la capital hasta que fue nombrado director del Instituto-Escuela.
   
      Pero lo que más me impresionó de todo fue saber que José Bernal Ulecia, tras el golpe de estado del 18 de julio del 36, se había pasado nueve años de su vida escondido, como un topo, para que no le matasen los fascistas por haber sido republicano y un destacado militante  de las Juventudes Socialistas. Nueve años, nada más y nada menos que nueve años, escondido en el agujero terrizo de dos metros de profundidad y 70 centímetros de ancho, con cuatro losetas encajadas en forma de tapa, que excavó en el dormitorio de la casa de la calle Mendoza Ríos, del barrio sevillano del Museo, donde vivía con su esposa y con su madre.
     
      Sin embargo, lo que, sin duda alguna, más me sorprendió fue saber que el escritor granadino Francisco Ayala se hubiese basado en esa terrible y dolorosa experiencia que José Bernal Ulecia le había contado en el exilio argentino, donde ambos coincidieron, para escribir su relato La vida por la opinión.
     
   

    De ahí que lo verdaderamente interesante, desde el punto de vista literario,  sea analizar cómo Ayala supo transformar esa experiencia real en una obra literaria, en un relato de ficción, y, sobre todo, qué tramas, recursos y artificios utilizó para conseguir tal metamorfosis.
    
       Antes que nada, el autor de La cabeza del cordero sitúa dentro del campo histórico la estructura inventada (inventada, a pesar de basarse en hechos reales) para dar al relato, por medio de referencias precisas, una mayor fuerza de convicción, y así producir en el lector una mayor sensación de cosa real y vivida.
   
       De ahí que pase sin solución de continuidad de las consideraciones generales a las vivaces escenas en que, ficcionalizado, él mismo aparece como personaje en una situación imaginaria. Porque, primero, nos seduce: “Esto no son cuentos”; luego, nos recuerda al comienzo de la segunda parte: “Si cuestión fuera de escribir un cuento…”. Y un poco más adelante, añade: “Pero al reproducirla debo adelantarme a advertir que es una historia bastante inverosímil. A la invención literaria se le exige verosimilitud; a la vida real no se le puede exigir tanto”. Con lo cual ya nos tiene atrapados en ese doble juego de realidad y ficción, en ese laberinto de espejos del que ya no escaparemos hasta el final del relato.
     
      Pero no por ello, el narrador deja de establecer vínculos de uno y otro tipo con los personajes a lo largo de todo el relato. Ya que él también sufre la realidad histórica de  los españoles exiliados, también se sitúa políticamente en el campo republicano y también pertenece al gremio de la tiza (“dichosa actividad docente”, exclama el narrador), pues el uno era maestro de primaria, el otro profesor de secundaria, y él mismo catedrático de universidad. De este modo, como apunta el propio Ayala, el narrador deja de ser un testigo indiferente y remoto para, sin perder la distancia respecto a los hechos, quedar incorporado vitalmente a su trama, y  así ficcionalizarse de la manera más convincente y adecuada.
    
     Por otra parte, cada frase y cada vocablo está elegido y calculado para producir un efecto determinado. Así, por ejemplo, se vale de la palabra “cafeciños” cuando necesita suscitar una atmósfera amable y cariñosa y dar una sensación de calma, confianza, comunidad de sentimientos que contraste con el ánimo del personaje que acaba de escapar del infierno franquista y que, todavía rotos los nervios, habla “con miradas de soslayo a las mesas vecinas y siempre en palabras medio envueltas”. Y lo mismo que las palabras, selecciona las personas, y dispone y ordena no sólo todo lo que dicen, sino también todo lo que callan.
   
     Y por último, es interesante destacar –como le comenta Francisco Ayala a Rosario Hiriart, una de las principales especialistas de su obra- que el relato está sometido de arriba abajo a una deformación crítica en el sentido anticalderoniano de un Valle-Inclán o de un Pérez de Ayala, pero respetando, sin embargo, la dignidad del personaje, que nunca resulta grotesco, sino más bien tragicómico. De ahí que lo tiña de autoironía cuando se compara a sí mismo con el ratón de la fábula. O bien, le añada un matiz cómico de scherzo cuando, para perfilar su carácter, le hace proclamar, ufano, su varonía cantando “en lo alto del palo”, pues teme que sus enemigos le dejen como al gallo de Morón. O bien, impregne el relato con el fino y elegante humor con el que habla de las efusiones amorosas de la pareja “sin precaución, ni postcaución” o del nombre que le puso a su hija por la “Incauta Concepción”. O bien, establezca conexiones expresivas entre el crecimiento de la barriga de su mujer y el de su diccionario de sinónimos. O bien…
    
     En fin, un magistral relato de Francisco Ayala que nos enseña cómo  hacer de un hombre de carne y hueso una criatura de ficción como la que se encarna en La vida por la opinión. Es decir, cómo hacer de José: el Felipe del relato. Un relato de 1.955 que nos emociona y conmueve con las vidas de estos dos hombres que debieron esconderse, como topos, del terror del régimen franquista, y que luego pudieron contarlo para que nunca olvidemos que existieron tanto en la realidad como en la ficción.

P.D. Unos días después encontré el artículo Esto no son cuentos de Rafael Juárez en el Boletín electrónico de la Fundación Francisco Ayala de 13 de mayo de 2009. La historia, como la vida, continúa.

lunes, 19 de diciembre de 2011

¿Quién fue realmente Don Paco García, "el alcalde de los pobres"?

     La primera persona que me habló de él, de lo bueno que había sido con los pobres, fue mi madre que en paz descanse. Me impresionó tanto su relato de aquel hombre caritativo que auxiliaba a gente hambrienta y enferma en aquellos años cuarenta, de hambre y miseria, que durante mucho tiempo lo tuve como modelo de lo que debía ser un buen alcalde. Y también el de su entierro que, según ella, fue el más multitudinario de cuantos habían tenido lugar en Morón. Tanto como años después lo fueron el de don Francisco Martínez Quesada, “el maestro de música”, o el del guitarrista Diego del Gastor.
      Pero con el paso de los años me fui preguntando cómo un hombre tan bueno y tan extraordinario que ocupaba un lugar tan privilegiado en la memoria del pueblo había podido ser alcalde y teniente de alcalde en un ayuntamiento franquista. Algo había en su historia que no me cuadraba.
     Unos años después, la Asociación de Vecinos de San Francisco pasó un cuestionario a quienes habíamos sido alcaldes desde el 79, año en el que el ayuntamiento volvió a ser democrático, para que opinásemos sobre la figura de don Paco García. La necesidad de encontrar una respuesta satisfactoria, bien fundamentada y documentada,  me obligó a ir un poco más allá de lo que ya sabía a través de mi madre y de otras personas mayores que más o menos coincidían con ella. Entonces  fui a la biblioteca municipal, busqué en la prensa local de aquellos años y me encontré con un par de bandos firmados por el alcalde Don Francisco García Ruiz de Bustillo en los que se identificaba plenamente con el régimen franquista, al que servía y le había elegido para el cargo, con consignas tales como “Por la revolución nacionalsindicalista”, “Arriba España” y “Viva Franco”. Esta información me sirvió para poner en cuestión la figura de don Francisco y pedir una rigurosa investigación sobre lo que realmente había supuesto y significado su labor como regidor de la ciudad, independientemente de su  caritativa labor. Todos los demás ex alcaldes encuestados, sin embargo, alabaron sin más su figura y no pusieron ningún reparo a que se levantara un monumento en su memoria, tal y como había propuesto la Asociación de Vecinos al Ayuntamiento. Una propuesta que fue aprobada sin más por todos los grupos municipales: los socialistas, los comunistas y los populares.  
       Meses después, en cumplimiento de aquel acuerdo plenario, se colocó un busto en bronce del “alcalde de los pobres” en el centro de la plaza de los  Remedios. Y además organizaron una retrospectiva de su figura y de su obra en el Salón de Exposiciones del Pozo Nuevo y le dedicaron un monográfico en la revista El Águila de la Asociación de Vecinos. Y debieron quedar todos muy satisfechos porque, en verdad, habían hecho todo lo que habían podido para que la memoria de don Paco García quedase eternamente grabada en el imaginario colectivo de los moronenses. Quizás lo único que les faltó fue proponer a las autoridades eclesiásticas que iniciaran su beatificación, pero tampoco me extrañaría nada que el día menos pensado lo planteasen. 
    



        Realmente era el mundo al revés, porque cuando empezaba a estar en la agenda política y ciudadana el tema de la memoria histórica, cuando se empezaba a hablar de los crímenes del franquismo y de recuperar de las fosas los cuerpos de los asesinados para enterrarlos dignamente, el hecho de que se erigiese un monumento a un alcalde franquista no dejaba de ser chocante, amén de ir extrañamente a contracorriente. Era cuando menos una anormalidad democrática. Una anomalía histórica. ¿Los demócratas levantando monumentos a los franquistas cuando éstos durante cuarenta años se habían levantado todos los que habían querido con mano de obra esclava, tal y como hicieron en el Canal de los Presos o en el Valle de los Caídos?
     No obstante, a mí lo que más me irritó y cabreó fue que un alcalde socialista, D. José Párraga Mendoza, secundado por todos los concejales de su grupo, y los dos concejales comunistas de Izquierda Unida, fuesen precisamente quienes hubiesen aprobado y levantado con fondos municipales un monumento a un alcalde franquista. Porque de los concejales populares me lo esperaba ya que, de una forma y otra, eran sus herederos naturales.
    Una irritación y un cabreo que traté de reflejar en el artículo: "¿Olvidar, tergiversar o asumir el pasado inmediato?" que publiqué en Morón-30 días, en octubre de 1999. No podía entender cómo los munícipes socialistas se habían olvidado por completo del último alcalde socialista de la República en Morón, D. Manuel Olmedo Serrano, que se tuvo que exiliar en Méjico para no ser fusilado, y, sin embargo, ahora se acordaran de un alcalde franquista y se mostrasen tan favorables a levantarle un monumento en una de las plazas del pueblo.
     Desde entonces, nada nuevo había sabido de don Francisco García Ruiz de Bustillo, hasta que en este año del Señor de 2011 se ha publicado el libro Morón: consumatum est. 1936-1953. Historia de un crimen de guerra.

     En él se documenta con precisión y rigor, tal y como yo pedía en mi respuesta a aquel cuestionario de la Asociación de Vecinos de San Francisco, cuál fue la actuación del homenajeado como alcalde y como teniente de alcalde en los años posteriores a la sublevación militar. Leyéndolo, hemos podido saber que gracias a los informes inculpatorios que D. Francisco García Ruiz de Bustillo firmó de su puño y letra sobre una veintena de vecinos inocentes: dos fueron asesinados, Bartolomé Lorda Urbano y Francisco Jiménez Navarro, y los demás, encarcelados durante años como Juan Salas Gordo o Ángel González Estepa. 
       En base a estos datos el CAL (Colectivo Asambleario Local) publicó el pasado verano un comunicado en que se instaba al Ayuntamiento a que procediese a la revocación de todos los honores impuestos a Francisco García Ruiz de Bustillo y a la retirada del busto que en su memoria se exhibe en la Plaza de los Remedios.
      Poco después, el pleno del ayuntamiento de Morón ha creado una comisión de estudio y propuestas para la recuperación de la memoria histórica. Éste es uno de los asuntos que tiene sobre la mesa. Esperemos que, por fin, se haga justicia y resplandezca la verdad.

Memoria de los bares

                        
                                               Memoria de los bares

Sí, quizás porque los años no perdonan, estoy ahora más enganchado que nunca a la memoria. A la personal y a la colectiva. Y también a la memoria de los bares. Porque, como dice el poeta Manuel García en De bares y tumbas, nuestra vida es la memoria de los bares. Y la mía no iba a ser menos, pues toda una serie de bares jalonan mi vida desde que tengo memoria.

Cómo olvidar aquellos bares de la infancia, si aún me parece estar oliendo el vino peleón, las avellanas y los altramuces que impregnaban aquel tascón que conocíamos como la Viña de Mariano, un vinatero del Condado de Huelva, de Manzanilla para más señas, de donde también era Pepe el de Retamares. Y cómo no acordarme de la Goleta, cuyo dueño era de Villalba del Alcor, y de tantos otros taberneros de fuera que se establecieron en Morón en los años cincuenta y sesenta.

La Viña estaba en la punta abajo de los Caños de Aranda, haciendo esquina con la Calzadilla. Recuerdo que más de una vez cuando volvía a casa de la mano de mi padre, antes de enfilar la calle Jerez Baja donde vivíamos por aquel entonces, mi padre hacía una paradiña en ella para tomarse el último caneco de vino, mientras yo me zampaba un buen platillo de altramuces. Nunca olvidaré la noche en que vi en su televisión en blanco y negro el primer tiempo de un partido en el que Pelé marcó un gol de campeonato. Yo me quería quedar para acabar de verlo, pero mi padre no quiso porque era un poco tarde y mi madre nos estaría esperando preocupada. Pero camino de casa, recuerdo que le dije a mi padre que lo más deseaba en el mundo en ese momento era tener un televisor como aquel para poder ver todos los partidos que quisiera en la cama, calentito entre las sábanas.

También me acuerdo muy bien de la Goleta, la tasca donde mi padre paraba muchas noches, cuando daba de mano en la carpintería de Muebles Mariscal, situada en la calle Nueva, frente al Teatro-Cine Oriente. Casi siempre le acompañaba su gran amigo Villanueva, el tapicero del taller de más arriba. Mi madre me mandaba muchas tardes a la carpintería para que no le diese la lata en casa, pues bastante tenía la pobre con estar pendiente y atender a mis otros hermanos más pequeños. Y una vez allí, me quedaba con él hasta que terminaba su jornada de trabajo y volvíamos juntos a casa. Y cuando no se paraba La Goleta o en la Viña de Mariano, lo hacía en El Tropezón, en la punta abajo de la calle Espíritu Santo.

Memoria de bares. De bares de infancia, de juventud y de la vida adulta. De toda la vida. De la viña de Mariano a la Goleta, y de Retamares al Tropezón. Con un niño soñador que come altramuces y un padre que bebe vermut y vino peleón. Del bar del Borrico en la esquina de la Calzadilla con la calle de la Romana, en el que veo a un chaval empinándose unos cuantos cuarterones de fino Vallejo para disimular su timidez y su miedo. Del bar de Pepe, el de los gitanos, en el que recuerdo a un joven aficionado, seducido por el flamenco. De la Barbiana con su manzanilla sanluqueña. De la Blanca Paloma con sus pavías de bacalao. Del bar de Pepín, el del Puentecillo, con sus células clandestinas de peteros maoístas. Del Kiosco de la Carrera. De la Bodega de los González. De las Siete Puertas. Del Canario. De Juan Bermúdez. De Juaniquito. Del bar de Palomo. De tantos y tantos otros. Lo mismo da el lugar, el momento o la edad, porque nuestra vida es la memoria de los bares.





















   
    









martes, 6 de diciembre de 2011

Yo no acepto sobornos, ¿y tú?



      Desde hace cuatro o cinco años, cuando llega el mes de Octubre, la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía obliga a los Claustros de los IES de la Comunidad, que aún no se ha acogido al Programa de calidad y mejora de los rendimientos, a que se pronuncien al respecto. El centro en el que trabajo es uno de los muchos que lleva rechazándolo desde el primer año. Sin embargo, la Consejería no ceja en su empeño, a pesar de que la mayoría del profesorado ha venido oponiéndose, curso tras curso, de forma clara y contundente. Tan empeñada está en sacarlo adelante con el voto de los profesores -aunque no sé muy bien por qué no lo hace por decreto si tan interesada está- que no ha dudado en ningún momento en modificar los artículos a los que les ha obligado la sentencia del Tribunal Supremo de Andalucía, al que recurrieron varios sindicatos. Ni tampoco en dar mayores facilidades al personal. De los dos tercios necesarios al principio, se ha pasado a la mayoría simple. De la aprobación por el Claustro a la del Consejo Escolar donde la representación del profesorado es menor y no es determinante.
      Y a todo ello hay que sumar el ingente esfuerzo de muchos directores que parecen tan empeñados como la propia Junta en incorporar sus centros al dichoso Plan. Para lo que utilizan, como fieles comisarios políticos, todo el poder que les otorga el ROC con el fin de doblegar y comprar voluntades; y también a los Claustros para resaltar las excelencias del Programa o tratar de desprestigiar, tachando de vagos y negativos, a quienes se oponen; o bien repiten una y otra vez lo bien pagado que está y lo poco que hay que hacer, así como lo bien que viene para consolidar uno de los complementos retributivos, etc, etc. En fin, que no dudan en hacer en todo momento todo lo que está en sus manos para que sus Claustros se adhieran al Programa. O más bien al Plan del Soborno como lo denomina la Asociación Piensa-Volens.


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    Afortunadamente, siguen siendo muchos los profesores que no se callan y no aceptan sobornos de esta calaña. Y ello a pesar de que ya el año pasado nos redujeron el sueldo un 5%, de que llevamos varios años con los sueldos congelados -lo que ha supuesto una merma importante de nuestro poder adquisitivo- y de que no hemos sido homologados, como estaba acordado con los sindicatos, con la media de las demás comunidades autónomas porque, por lo visto, el dinero que había previsto para ello se lo han gastado en el susodicho Programa. De ahí que me sienta muy orgulloso de pertenecer a un colectivo que, a pesar de lo que está cayendo, es capaz de seguir diciendo que NO. En tiempos como los que corren, resistir, a pesar de todas las presiones, como estamos resistiendo la mayoría del profesorado de los IES de Andalucía es todo un ejemplo. El ejemplo de un colectivo que no se doblega ni vende su dignidad por un plato de lentejas.